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Entre vinos y agruras
Es posible que Dios hable con mis penas,
que comparta mi pan, mi techo estrellado
y hasta de vez en cuando
me ofrezca un cigarrillo, una botella,
una conversación memorable,
un apretón de manos e incluso,
cualquier antiguo libro escrito en espejos de colores.
Es posible que llegue sin avisar,
inoportuno y sonriente como un viejo amigo,
justo a la hora de cenar,
quizás se siente en mi sillón preferido,
ese el de al pié del escritorio,
no dirá mucho, hablará poco
y en sus ojos jugará pícaro el cómo estás, cómo te va…
Francamente me molesta su actitud,
su paciencia de curtido perdonavidas
y esa como experimentada suficiencia
dándole un aire de digno todopoderoso,
máxime si sus manos ostentan heridas que no cierran
y con algo de disimulo como que me afrentan y me cuestionan,
soy un hombre – le digo,
lo sé – me dice,
tengo mis arrebatos y mis desvaríos,
tengo mi entraña de animal urbano
y también, una turbia inteligencia, pero tengo corazón además…
y arrojo la copa,
tiro de la mesa los mendrugos y algún manuscrito,
la bandeja vuela y se estrella,
me arremango el brazo, tenso mis músculos
y rudo y fiero lo miro y lo remiro y lo reto
y se acomoda y su codo pule la madera
y sin testigos pulseamos y transpiramos,
cual dos compinches desavenidos, cual dos rivales en angustias,
sólo que yo estoy airado y El, está tranquilo…
Es posible que Dios baje y hable conmigo,
se ría y hasta me invite un vino,
es posible…
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